miércoles, 15 de mayo de 2013


LA SONRISA DEL ÚLTIMO ADIÓS


Hace dos años, en las clases de Castellano, iniciamos con la Maestra un proyecto sobre crónica. Entre todo el grupo se acordó que los temas a tratar en ellos serían acontecimientos que a diario vivían nuestros papás todos ellos pertenecientes a la Policía Nacional y que la idea era darles un tratamiento muy humano. Así que cada estudiante comenzó a indagar la experiencia más acogedora para desarrollar la Crónica y llevar a feliz término el proyecto.
Yo, como todos mis compañeros, busqué la experiencia más linda de todas aquellas que a mi padre le habían pasado y me había relatado. Así que para iniciar busqué un título que compaginara con lo que yo iba a escribir sobre mi padre; la crónica se llamaría “Las nueve vidas del gato”.
Pasadas unas semanas, entregué mi primer borrador donde contaba con detalles las experiencias que mi padre vivía a diario como derrumbes, ataques guerrilleros, problemáticas intrafamiliares, secuestros, entre otros, que los policías tienen que atender a lo largo de su trabajo y donde yo me enorgullecía y daba gracias a Dios por tenerlo con vida y sano.
Después de la última corrección  que me hicieron los compañeros y la profesora Yolanda López, yo debía entregar mi “texto público”, es decir el texto final depurado de errores tanto de redacción como de ortografía y ella nos había dejado unos días para la entrega final.
En esos días, sucedió la tragedia que llenó de dolor, tristeza, nostalgia, soledad y vacío a mi familia. Mi padre fue asesinado en el ejercicio de su deber. Todo cambió de ahí en adelante y una nueva historia surgió y cambió drásticamente mi escrito, esta es mi crónica:
En el año 2004  Álvaro Pulido, agente de la Policía Nacional, entrega un oficio al Comando de la Policía Nacional, donde consta que ya han pasado 20 años prestando servicio a la comunidad ibaguereña y si ya le dan el permiso de pensionarse.
Recuerdo muy bien que en ese mismo año, a finales del mes de mayo, le llega la respuesta donde le dicen que no es autorizado pues aún le hace falta un año de servicio y que debe trasladarse el municipio de Rovira-Tolima, en el mes de junio, para completar su misión. Con todo el dolor del alma Álvaro se preparó para acudir al nuevo lugar donde apoyaría a la sociedad de Rovira.
Debía esperar sólo un año más de servicio para poder estar del todo con su familia. Al año siguiente, el 26 de mayo de 2005 nació el único varón de la familia y Álvaro no cabía de la dicha, ese bebé se convertía en la fortaleza para esperar los días de servicio que aún le quedaban después de 20 años de servicio. 

Cinco días después del nacimiento del bebé, Álvaro cumplía 39 años de vida que compartió con su esposa e hijos. Disfrutó como nunca, se rió y bailó con su esposa que también estaba de cumpleaños, todo sin imaginar la tragedia que se venía.

El 6 de junio de 2005, a las 3:15 p.m., una emboscada del frente 21 de las farc, mata a dos policías en el balneario Jaguar, sobre el río La Luisa, vía a Rovira; los agentes son identificados y uno de ellos es el agente Álvaro Pulido Cabrera, mi padre.

En Ibague la familia no se ha enterado, hasta que una vecina que ha oído noticias, llama a la hermana mayor Sandra, y le comenta lo que está pasando en Rovira y que hay dos muertos. 

Sandra llama al Comando de la Policía para que le den información pero no logra obtener información concreta. La familia ya está en zozobra, hay confusión y desespero. Sandra entonces intenta llamar a Rovira a cualquier número telefónico y alguien le contesta que sí, que hay dos policías muertos y uno de ellos es el agente “risitas”. Así era llamado Álvaro Pulido. Toda la vecindad ya se había enterado pues en RCN habían dado la información a esa hora.

El 8 de junio a las 9:00 de la mañana el cadáver de Álvaro fue llevado al Comando para recibir los honores por haber muerto prestando el servicio a la Patria. Hacen una misa, a su familia le entregan una medalla, una bandera de Colombia y su quepi. Luego es llevado al cementerio San Bonifacio.

Unos meses después, llegó una carta con la calificación del difunto Álvaro donde decía que por morir en actos de Servicio y por haber tenido buena conducta era calificado en la escala C. que es la mayor.

Álvaro, un agente que vivió para ayudar a otros, que dio su vida por salvar la de otros, murió. Lo triste de esta historia es que solo le faltaban unos pocos días para pensionarse.
L.F. Pulido Anaya 2007

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